Javier Goerlich es uno de los valencianos más ilustres del siglo XX, pero como ocurre con tantas personas apenas es conocido. Algo parecido al juego de pelota, un deporte que hace cien años estaba sumamente extendido entre los jóvenes y hoy no.

Nació en Valencia en 1886. Estudió en el colegio de Domingo García, en la calle Caballeros, pasó luego al colegio de San José de los PP de la Compañía de Jesús donde terminó el bachillerato. Estudió Arquitectura y Ciencias Exactas en Barcelona.

Empezó a trabjar la víspera de Navidad de 1913 con una obra en la calle de Grabador Esteve. Antes, en Barcelona, se ganó la vida dando clases. A los 28 años ganó el cargo de arquitecto del Catastro y fue destinado a Barbastro en Huesca. Luego pasó por Ibiza y Palma. En 1931 con la República, fue designado arquitecto mayor del ayuntamiento de València.

El Campo de Deportes y el Club Náutico

Este arquitecto ha sido fundamental para el desarrollo de la ciudad. Su impronta está en decenas de monumentos, algunos de ellos hoy desaparecidos, por desgracia, como el Club Náutico o el Campo de deportes de la avenida Blasco Ibáñez. Fue un hombre enormememente generoso. Donó obras de arte de gran valor firmadas por Vicente López, Mariano Benlliure, Octavio Vicent, Pinazo, Furió, Antonio Cortina, Stolz. También fue un hombre muy criticado, no podemos olvidar que estamos en València, una ciudad en la que la envidia se respira en el aire. Javier Goerlich explica en este sentido: He sido un hombre envidiado sin dar motivos para ello y me he privado de muchas satisfacciones personales para no dar lugar a la envidia, pero de mi trabajo, no me podía privar (Las Provincias, 9.5.1964, 13). Cuando María Consuelo Reina le preguntó en cierta ocasión qué es lo mejor de su vida? contestó: Tal vez que mi mujer y yo hayamos podido llegar juntos a esta edad; este año cumplimos nuestras Bodas de Oro.

La naturaleza siempre ha sido un sedante para mis nervios; el olor a tierra regada, los árboles, las flores … Cuando podía se iba al huerto que poseía en Masalaves.

Su vejez estuvo llena de elegancia, de dignidad. Había nacido en la calle de Zaragoza. Su padre era cónsul de Austria-Hungría y tenía un bazar de lujo conocido como el bazar del Austriaco. Murió el 25 de marzo de 1972. Tuve ocasión de saludarlo en la facultad de la calle la Nave el día que vino a dar una conferencia. Su elegencia a la hora de hablar, su sabiduria, creo que nos dejó a todos atónitos. La residencia de Estudiantes que estaba en el Paseo al Mar y el campo de deportes con su pista de atletismo de seis calles fueron los dos lugares que frecuente siendo joven. Estas líneas son de agradecimiento para un hombre atento, amante de la música, de la ópera, de los museos, de la vida, de València, cuyo legado es enorme. Trató de defender viejos edificios, muestras arqueológicas y artísticas de la ciudad de València, sino lo logró no fue por culpa suya sino al desinterés de una época y a la falta de medios.

 

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