Jamás creyeron, seguramente, las derechas españolas que, a pesar de la sumisión e ignorancia en que durante tantos siglos tuvieron a la mujer, ésta iba a proporcionarles tantos y tan graves quebraderos de cabeza.

Habían creado en torno suyo un ambiente favorable a esa sumisión. No se la dejaba cultivar su inteligencia para que las inquietudes y problemas humanos no perrtubaran su espíritu.

Hicieron de ella, durante siglos, un ser inconsciente, atento tan sólo a cuidar y explotar su belleza y a dificultar el desarrollo cultural del país con su falta de colaboración y asistencia; pero no contaron con el inherente afán de justicia que, pese a todo, anidaba en su alma, y no bien se iniciaron en España las luchas sociales, se vió a la mujer de pueblo acudir a los suyos, tirando por la borda prejucios seculares y exponerse a la persecuciòn y cautiverio.

Al principio fueron pocas; mas su número creció rápidamente, y primero en las huelgas y en la propaganda política después, fue conquistando a la par que los derechos de sus semejantes, el suyo propio.

Ha trascurrido breve tiempo desde que alcanzó éstos plenamente, y he aquí que el destino histórico de España la pide el sacrificio supremo: la entrega de su sangre, el don de su vida.

En el glorioso Octubre asturiano ya hubo magníficos ejemplos demostrativos del temple del alma de la mujer proletaria, decidida a conquistar el porvenir.

¿ Y ahora…? En estos instantes decisivos para la paz y el bienestar del país, ¡ahí la tenéis!… vestida con el mono de los milicianos, alta la cabeza, inflamado el corazón, al viento la cabellera sedosa y en las manos un fusil…, presta a defender lo que más quiere, no para ella, sino para aquellos que detrás vengan, que serán el mañana luminoso y feliz que sus ojos soñadores vislumbran, haciéndola olvidar las amarguras y sufrimientos del momento.

Isabel de Palencia, prensa valenciana, verano de 1936

 

 

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