En muchas ocasiones mientras corremos hablamos con nosotros mismos. A veces cuando pasaba por lugares donde no habitaba nadie, sin teléfono movil, sin un GPS, sin otro compañero que el palpitar acompasado de tu corazón y el golpeteo de tu pie sobre la tierra, me creía que pertencía a otro mundo.

Recuerdo que cuando era un joven de 16 años, año 1963, salía a correr por lugares alejados, sin que mi madre lo supiera, pues se enfadaba y me decía que no me daba de comer para que cogiera esas sofoquinas.  Me gustaba recorrer caminos o sendas. Me gustaba ver atardeceres. Mis amigos estaban en un guateque. Era verano. Corría a 700 metros de altura. Las chicas de los años 60 no terminaban de comprender la razón por la que hacía tal cosa. Y eso que las chicas me gustaban, y mucho. Años después al volver a encontrarme y hablar con algunas de ellas hemos recordado aquellos veranos y hemos comprobado que amar la vida es compartirla con la naturaleza, los amigos, la familia y la práctica del ejercicio físico. Muchas de ellas salen ahora todos los días a pasear. Algunas, por desgracia, ya se han ido.

Quería ser corredor y estudiar. Quería subir aquella cuesta, una y otra vez. A modo de una especie de progresivo de unos 80 a 90 metros. El espliego, el tomillo, el romero, los pinos eran mis únicos espectadores. A veces me cruzaba con un pastor con un rebaño que volvía al pueblo.

En  1967 la selección valenciana compitió en Perpignan. Era el 19 de marzo. La semana de fallas me dediqué a correr por caminos de tierra. Por las noches hacía frío. Me concentré yo solo, tenía 20 años. Viví ese momento especial en tu vida en el que te sientes dichoso de lo que haces, aunque sepas que no tendrá ninguna trascendencia.

Las montañas valecianas me atraían. Solo algunos cazadores las recorrían una vez abierta la veda. Poco a poco hubo aldeas, el Reatillo, que quedaron desiertas y al volver a ellas y ver sus calles vacías sentía la pena de la soledad.

En una ocasión, principios de los 80, salí a las 6 de la mañana y volví 6 horas después de beber agua en el pozo del Francés y la fuente de la Puerca, y recorrer el barranco de La Hoz, un lugar donde las pisadas de los dinosaurios han quedado petrificadas en las piedras. Tenía el cuerpo pidiéndome piedad.

Correr es tan hermoso que cuando llegué el día de no poder hacerlo, no podemos estar tristes. Correr nos ha dado tanto a cambio de tan poco, que siempre estaremos en deuda con nuestras piernas, con nuestros brazos, con nuestros pulmones, con nuestra mente. Correr es aprender a conocerte a tí mismo y a los demás.

Este texto está dedicado a todas las personas que aprecio, que cada día son más.

Foto de Federico Fuertes.

 

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